Medellín, una ciudad llena de encanto
Un manto de montañas puntiagudas cubrían el paisaje verde que se lograba ver a través de la ventana del avión. Formas en zig-zag construían un camino de altos y bajos que se extendía hasta perderse. Desde lo alto, el panorama colombiano parecía un papel arrugado puesto sobre el suelo. Arriba, un grupo de nubes blancas de diversas formas acompañaban a la nave de metal a ambos lados.
El cambio fue instantáneo. Ya no me encontraba en Panamá. Una brisa fresca, un clima tropical y una vista llena de verdor me recibieron al llegar a territorio antioqueño. Eran las 9:00 de la mañana de un domingo soleado en el municipio de Rionegro, que pude comparar enseguida con las tierras altas de mi país. El frío tenue que entraba por la ventana del vehículo, que nos llevaba a una periodista brasileña y a mi hacia Medellín, me hizo dejar de extrañar mi ciudad y su eterno calor.
Árboles de yarumo y una arquitectura de barro y ladrillos adornaban el paisaje de ida a la capital de Antioquia. El camino, lleno de curvas, se encuentra entre las montañas del municipio de Rionegro, ubicado en la cordillera central de los Andes. Desde allá arriba se puede apreciar la belleza del valle en donde se encuentra Medallo.
La autopista rodeada de naturaleza se convirtió de pronto en una zona urbana. Ya estábamos en Medellín. El área de El Poblado nos saludaba con edificios de ladrillos y árboles a los lados de las calles. Si hay algo que me encantó de esta ciudad es la reconocible estética que tiene. Una paleta de colores marrones atraviesa el lugar entero, de construcción en construcción.
Sabía que desde el día siguiente la semana estaría llena de jornadas ajetreadas, yendo de un lugar a otro. Por eso, traté de aprovechar el domingo para recorrer las calles que estaban cerca del hotel. La sombra de los árboles en las grandes aceras fue mi parte favorita del lugar. Cada esquina era diferente a la anterior, aún cuando los ladrillos característicos de Medellín estaban presentes por doquier.
Terminé el día con un recorrido por la Zona Rosa. Acá los locales se veían diferentes. La gama de tonos ya no era chocolate. Edificaciones pintadas en colores vibrantes llenaban las calles de esta área, conocida como el alma fiestera de la ciudad. El resto de las noches de mi estadía las pasé cenando en algún bar o restaurante de esa zona, que cobra más vida con los personas que visitan sus alrededores bajo la luz de la luna.
La ciudad se encuentra repleta de edificios de ladrillos. La paleta de colores marrones se extiende a lo largo del valle.
Esquinas por descubrir
Mientras caminaba por la Zona Rosa, me encontré con un montón de fachadas interesantes.
¡Hasta luego!
La parte más triste del viaje fue empacar mis maletas y despedirme de la ciudad de la eterna primavera.