Las molas en pañuelos de seda de Franklin Panamá
Fotos: Jihan Rodríguez para Revista Ellas
La primera pregunta que me hicieron fue si yo era panameña”, recuerda Ana Deborah Amaya de su primera visita al Congreso General Guna. La mayoría de quienes se acercaban a tramitar el permiso de reproducción de la mola eran extranjeros Entre 2012 y 2013 Amaya empezó con el proyecto que luego se llamaría Franklin Panamá.
Plasmar molas en pañuelos de seda se le ocurrió durante una caminata familiar por el paseo General Esteban Huertas, en Casco Antiguo. Mientras pasaba frente a los puestos con artesanías panameñas, como las molas, pensó que sería buena idea.
La compañía de su esposo “En sus regalos a los clientes ofrecía un pañuelito de seda impreso con el logo y se me quedó esa idea de que uno podía imprimir lo que fuera en seda”, explica.
Ana es abogada. Pensó que la obra de los gunas debía estar protegida y encontró que la Ley No. 20 del 26 de junio de 2000 protege la obra intelectual de los pueblos indígenas de Panamá.
El siguiente paso fue acercarse al Congreso Guna. Pasó un año y medio para que Ana recibiera el aval del Congreso.
“Aunque fue la vía más larga, fue la correcta”, reflexiona Amaya. Durante ese tiempo reafirmó su respeto por el trabajo de los gunas.
“Siempre me preguntaron: ‘¿por qué quieres hacer esto en textiles tan caros?’, y yo dije ‘porque la mola lo vale’. Cree que en ese momento quedaron satisfechos.
El inicio de la marca
Amaya hace la salvedad de que no es una diseñadora, sino una emprendedora que encontró una buena idea. Su proceso consiste en tomar fotos de las molas que le llaman la atención y crear el patrón final en base al diseño original.
Trabaja con un diseñador gráfico para adaptar el producto según la paleta de colores de la temporada, los tamaños de pañuelos que maneja y los textiles en los que imprime: algodón, seda, modal y cachemira.
“Cuando esto se aprueba, se envía en alta resolución a Italia y allá lo imprimen en los textiles y tamaños ya enviados”, cuenta.
Detrás del nombre
El nombre de la marca está inspirado en el padre de Amaya.
En medio de los trámites con el Congreso Guna su papá era uno de los más entusiasmados. “Yo decía que si la respuesta era negativa, no iba a hacer nada”. Él siempre confió en que le cederían los derechos.
“En ese proceso, mi papá enfermó y murió”. Ella aún no sabía cómo llamaría a su emprendimiento. “No quería ponerle mi nombre, porque no soy diseñadora y me parece un poco egocéntrico”.
"A los dos días de la muerte de mi papá, yo dije: ‘ya sé cómo le voy a poner’. Mi papá se llamaba Franklin Amaya”, explica. El logo de la marca incluye hasta su firma.
Un proyecto lleno de cultura
Un grupo de veraneras, sobre una puerta blanca, indica el lugar en el que se encuentra la tienda de Franklin Panamá. En 2015, abrió su local sobre la avenida B en Casco Antiguo. Al entrar, las paredes de ladrillo de la ciudad colonial se mezclan con la modernidad de la decoración, en la que destaca un sillón con molas.
En el pequeño espacio se exhiben varios productos de la marca, que también incluyen paraguas, corbatas y prendedores.
Aunque al principio sus clientes eran extranjeros, ahora atiende a más panameños. Las piezas de Franklin Panamá se han vuelto un souvenir para diplomáticos que visitan Panamá, cuenta ella.
Recién la marca lanzó una colección limitada, inspirada en obras del pintor panameño Alfredo Sinclair.
Uno de los objetivos de Amaya es que Franklin Panamá sea una plataforma “en la que se exporte cultura panameña de calidad”.