Monserrate, a tres mil metros de altura

Cuando la temperatura dice que está a 10 grados, eso en panameño significa capas y capas de ropa.

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Todo el mundo que ha ido a Bogotá, me ha contado que subir Monserrate es un must. Pero realmente eso nunca estuvo entre mis planes. Iba a hacer de mi viaje una experiencia más cultural. Busqué museos, conciertos de música y sitios para hacer fotos lindas. Pero el itinerario no salió como esperaba.

Para viajar en una aerolínea low cost hay que hacer sacrificios. Cuando en los requerimientos leí que solo podía llevar un equipaje de mano, tuve que dejar escoger bien mis atuendos, con hora y fecha. Lo que no me esperaba era que el frío de Bogotá iba a ser casi insoportable para un ser tropical como yo. La baja en Panamá suele ser de 26 grados; en Bogotá, puede llegar hasta 9.

Todo pasó de un día para otro. Un grupo de amigos había planeado un viaje hacia Colombia para celebrar el cumpleaños de Carlos. Decidí ir al último momento. Es obvio que no estaba preparado para llegar a un lugar totalmente diferente a Panamá.

El único jacket que llevé fue una pieza de mezclilla que había comprado hace un par de años. Me abrigaba lo suficiente en los aires acondicionados de los establecimientos panameños; en la capital colombiana fue otra historia.

A pesar de sentirme como un cubito de hielo, traté de aprovechar el segundo día al máximo. Saqué mi lista de lugares por ver, que había hecho antes de salir de casa, y me dirigí al centro con Nataly, mi compañera en el trip. Plaza Bolívar, Museo Botero y Palacio de Nariño eran algunos de los nombres que marcaron el itinerario del día. Monserrate no estaba por ningún lado.

Ya había decidido en Panamá que no quería subir el famoso cerro bogotano. Me llamaba más la atención usar ese tiempo para descubrir algún museo de la ciudad (el de arte moderno también estaba en la lista). Pero el grupo de amigos con los que estaba decidieron ir en marcha hacia el sitio a 3 mil 100 metros de altura. No me quedó más remedio que acompañarlos.

Ese día solo cargaba una camisa manga corta con estampado de flores. Mi armario está lleno de ropa de ese tipo. El clima húmedo de mi ciudad no me deja tener tanta variedad. En algún momento del día bromeé diciendo que con eso le estaba trayendo un poquito del calor tropical panameño a la fría Bogotá. Me reí al respecto mientras cruzaba los brazos, tratando de calentarme un poco en medio de la baja temperatura. Eso sucedió en medio del centro, en camino a Plaza Bolívar. La historia sería peor al bajarnos del funicular en la cima de Monserrate.

Después de negarme a ver la ciudad desde las alturas, la vista que descubrí en el lugar cambió mi opinión radicalmente. Desde ahí se veía la gigantesca ciudad de Bogotá. Las nubes, que desde abajo se veían oscuras, dejaron pasar los rayos dorados del sol de las cinco de la tarde. Los colores del cielo opaco jugaban con los de la inmensa ciudad y el conjunto de las montañas al fondo.

Por un momento olvidé el frío que me invadía hasta los huesos y estuve feliz de haber seguido a mis amigos en este plan, que al principio no me llamaba mucho la atención. Estuvimos ahí por hora y media, recorrimos el lugar y luego tomamos el teleférico hacia abajo.

Al pisar de vuelta las calles de la ciudad, lo primero que hice fue dirigirme a la Zona T a tratar de encontrar un abrigo y un par de zapatillas. Con esto pueden notar lo poco preparado que fui al viaje. Ya aprendí que cuando la temperatura dice que está a 10 grados, eso en panameño significa capas y capas de ropa. 

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